2 diciembre, 2021

San Isidro, labrador, patrono de la Villa de Madrid

El testimonio escrito más antiguo que conservamos de la vida de San Isidro, es el Códice de San Isidro, del diácono de la parroquia de San Andrés llamado Juan Gil de Zamora (1250). Pero san Isidro vivió casi dos siglos antes, y los datos biográficos fiables no abundan.

Sabemos que Isidro nació entre los años 1080 y 1085, y que le pusieron el nombre en honor a San Isidoro de Sevilla (s.VII), pues su nacimiento coincidió con una época de gran devoción al santo por el reciente traslado, trufado de milagros, de sus cenizas de Sevilla a León (1063) , acontecimiento que hizo que el nombre de Isidoro fuera muy común entre los mozárabes (cristianos que vivían bajo el poder árabe y que adoptaban algunas de sus costumbres). Por cierto, la fecha de su nacimiento también coincide con la reconquista de Madrid (1083) y el hallazgo de la imagen de la virgen de la Almudena (1085).

Según Lope de Vega (en su poemario «Isidro», de 1597), san Isidro nació de Pedro e Inés, un matrimonio pobre, de jornaleros, que vivía en el arrabal de San Andrés (fuera de la muralla, en el barrio mozárabe situado junto a la actual Parroquia de San Andrés). Allí creció san Isidro y, aún muy joven, empezó a trabajar como pocero para Felipe de Vera.

Entre los años 1108 y 1110 el Madrid reconquistado vuelve a ser acechado por los musulmanes, e Isidro (que tendría alrededor de los 25 años) emigra hacia el norte, encontrando trabajo y hogar en Torrelaguna, donde conocerá a María Toribia (conocida después como Santa María de la Cabeza) con quien contraerá matrimonio y tendrá un hijo. Ambos tenían ya fama de ser muy piadosos, uniendo labor y oración, y las leyendas hablan de varios milagros allí. Aquí, en Torrelaguna es donde Isidro empezó a trabajar para Juan (o Iván) de Vargas. El hogar de san Isidro (donde parece que realmente el conocido «milagro del pozo»: cuando, orando, María e Isidro lograron que subiera el nivel del agua y su hijo no muriera ahogado), el palacio de Juan de Vargas, y la ermita que cuidaba santa María de la Cabeza aún se conservan en la población, aunque, desgraciadamente, en pobre estado, sobre todo la ermita, que está en ruinas.

En 1119 llega otro periodo de paz (el territorio no estará plenamente conquistado hasta 1162), e Isidro vuelve a Madrid (pasando un breve tiempo en Talamanca del Jarama) -ya con familia propia- donde seguirá trabajando, como pocero y labrador, para Juan de Vargas (se supone que en las tierras cercanas a la actual ermita de san Isidro, con el pozo a él asociado). La familia vivió en dos de las casas de los Vargas: en la que está en la costanilla de San Justo (perdida en 2002) y en la que está junto a la Parroquia de San Andrés (hoy Museo de los Orígenes de Madrid).

Ya asentado en Madrid, Isidro y su familia siguieron teniendo fama de santidad y de gran generosidad con los pobres. Se dice, por ejemplo, que san Isidro oía la misa del alba en San Andrés para, después, cruzando el puente de Segovia, trabajar en las tierras de su patrón; que durante la jornada dedicaba tiempo a la oración y que los ángeles le ayudaban para que los bueyes siguieran arando; y que, en una ocasión, dando de comer a los pobres, la olla nunca se vaciaba.

Con el correr del tiempo, y siendo ya ancianos, Isidro y María decidieron dedicar un tiempo solo a Dios, lo que les llevó a separarse y consagrarse plenamente a Él de manera temporal. Parece ser que María marchó a su lugar de origen (Caraquiz) y que Isidro continuó en Madrid. Dicen las tradiciones que María Toribia, avisada por un ángel, regresó a Madrid para acompañar a su esposo en la hora de su muerte (en 1172, con unos 89 años) y que, después, regresó a su pueblo, donde murió (en 1175).

San Isidro fue enterrado pobremente en el cementerio de la parroquia de San Andrés. Pero su fama de santidad no desapareció y se atribuían numerosos milagros a su intercesión. El rey Alfonso VIII atribuía su victoria en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212) a la aparición de san Isidro (que le indicó una ruta por la que aproximarse al enemigo para la victoria) y quiso agradecérselo al Santo construyendo una capilla en su honor en san Andrés y exhumando su cuerpo (que hayaron incorrupto) para colocarlo allí, con honores, en la conocida como «Arca mosaica», que se conserva en la Catedral de la Almudena. San Isidro aún no había sido canonizado, pero aquel gesto, y los milagros que se le atribuían, y su fama de santidad, y el gran prodigio de ver su cuerpo incorrupto, impulsó el proceso para reconocerlo oficialmente como santo.

El Papa Pablo V lo beatificó el 14 de junio de 1619, acontecimiento muy celebrado en Madrid que tuvo como acto central la inauguración de nuestra actual Plaza Mayor (construida entre 1580 y 1619). Muy poco después, el 19 de junio de 1622, el papa Gregorio XV canonizó a san Isidro en una celebración en la que también fueron canonizados Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Entre 1622 y 1664 se levantó la conocida hoy como Colegiata de San Isidro (que sustituía a la demolida Parroquia de san Pedro y San Pablo y al también derruido Colegio Imperial) para albergar el cuerpo incorrupto del santo, cuyo traslado se produjo definitivamente en 1669 desde la Capilla del Obispo (un nuevo espacio perteneciente a la Parroquia de san Andrés donde estaban los restos desde el siglo XV).