Jesucristo, Rey del Universo

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Esta semana es la número 34 del calendario litúrgico, la última, y se abre con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (el domingo es el primer día de la semana). Esta fiesta fue instituida por Pio XI en la encíclica Quas Primas (1934), publicada con ocasión del XVI centenario del Concilio de Nicea (325), el del Credo «largo» que proclamamos en misa. En esta encíclica, el Papa se detiene en explicar qué significa la realeza de Cristo (originariamente la fiesta se llamaba «de Cristo Rey») al hilo de la frase «y su reino no tendrá fin».

La Quas Primas, al establecer la fiesta de Cristo Rey, declara que Jesucristo es el soberano de toda la Creación, por eso toda la humanidad entera (no solo los particulares, sino también los magistrados y gobernantes) le debe adoración y obediencia, y toda sociedad está llamada a «ajustarse a los mandatos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora al formar las almas de los jóvenes.»

El misterio del señorío de Dios sobre el universo se sostiene sobre la afirmación de que Dios es el centro de todo, su origen y final. Él es el Trascendente, el presente en toda la creación y la historia, y todo está ordenado por Él, con Él y para Él. En el mundo actual hemos puesto al ser humano en el centro de todo, y esta fiesta nos recuerda que el centro de todo es Jesucristo, el Hijo de Dios, el rey, que se ha sometido y humillado para hacernos Hijos, Profetas, Reyes, Sacerdotes en Él.

En esta solemnidad proclamamos el texto evangélico de Mateo 25, 31-46, el famoso de «lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis». El Señor explica cómo entraremos a encontrarnos con Él, el rey, en el reino de los cielos: habrá un juicio sobre el amor al prójimo. No se nos preguntará cuántas cosas hemos hecho o conseguido, no se nos pedirá el currículum, sino que se nos preguntará cómo hemos amado al prójimo.

El creyente está llamado a amar como Cristo, hasta el extremo, renunciando a sí mismo. El creyente sabe que no basta con la fe, o con rezar, o con tener una vida sacramental, sino que también son imprescindibles las obras de la fe, el poner la fe en acción. Lo que hagamos para el prójimo -especialmente el más necesitado- lo estamos haciendo para Jesucristo. Esta es la exigencia de nuestro Rey para que podamos entrar a su presencia. No es opcional: amar a Dios sobre todas las cosas, amar a Dios en el prójimo, amar como Dios ama.

Este es el mandato de nuestro Rey: ama. Y no lo dice desde la lejanía, sino que lo dice amando Él primero.

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